"Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir", decía el periodista y diplomático colombiano Alberto Camargo. Una advertencia que se tiene poco en cuenta, sobre todo en la Argentina, donde las contradicciones se multiplican como espejos enfrentados. Hace tiempo que nuestro país se ha convertido en una suerte de colonia cultural. Cualquier costumbre, cualquier festividad, cualquier tradición foránea es adoptada como si fuera una verdad revelada. Todo gracias a la tarea efectiva, punzante y dirigida de la televisión y el cine. Así, en los últimos 20 años, se han adoptado conductas que no tienen nada que ver con nuestro pasado. O que incluso están en flagrante contradicción con él. Por ejemplo, si alguien le pregunta a un nene por qué le gusta la Navidad, seguramente contestará: porque es la época en la que viene Santa. El pesebre, la sagrada familia, las esculturitas de los pastores en alabanza a ese niño que nació en la pobreza más absoluta han sido prácticamente erradicados de los hogares y sólo se ven en los altares de las iglesias. Una pena, porque la riqueza simbólica que encierra la historia del Nacimiento es tan intensa que no debería desecharse tan absurdamente.

En cambio, todos han adoptado la imagen de ese señor bonachón de barriga prominente y barba sin mácula llamado Santa Claus, como si fuera el mismo Mesías. Su trineo de madera de abeto, sus renos que sólo habitan las tierras cercanas al Polo Norte y su traje rojo con piel blanca -hecho para soportar las temperaturas del ártico- adornan las casas tucumanas que a fines de diciembre se derriten bajo una temperatura que casi siempre roza los 40 grados. Pero lo peor de todo es que los más chicos no consiguen entender porqué no hay nieve en la Argentina, cuando la Navidad es sinónimo de invierno.

Algo similar ocurre con la festividad de Halloween o Noche de Brujas. Se trata de una celebración celta, que en Estados Unidos tiene tanta categoría como el Día de Acción de Gracias. Hasta hace unos años atrás, aún era una fiesta que los tucumanos sólo veían en la televisión o el cine. Hoy es una actividad casi obligatoria. En varios colegios de esta bendita provincia, el 31 de octubre pasado, los docentes tuvieron la genial idea que hacer disfrazar a los alumnos con los trajes más vistosos (zombies, brujas, fantasmas, esqueletos y todo tipo de espectros) para luego salir a pedir caramelos a los vecinos en la noche más tenebrosa del año. Uno se los cruzaba en la vereda y se sentía en medio de una película de Spielberg. O tal vez de George A. Romero.

Hasta aquí, todo bien. Cada uno es libre de festejar lo que se le antoje. Vivimos -vale decirlo- en un país donde es posible expresarse de la manera en que uno quiera sin tener que esperar ningún permiso. Pero lo que verdaderamente no se puede entender es el desprecio por las tradiciones que nos definen como nación. Ayer fue el Día de la Tradición, una fiesta muy vinculada a nuestras raíces; a nuestra identidad. Una celebración en homenaje a José Hernández, autor del Martín Fierro. En la mayoría de las escuelas seguramente se trabajó sobre este tema. Pero en los comercios, en las redes sociales, en los shopping no se vieron fiestas populares masivas. Por eso es digno de aplauso el esfuerzo que realizaron las agrupaciones gauchas para realizar una emotiva velada en la sala Caviglia, donde se izaron las banderas de la tradición y un puñado de artistas le cantó a la patria. Al cierre de esta columna, en la peatonal Mendoza, un grupo de gauchos y chinas, bailan y cantan al ritmo de "Luna Tucumana". Se mueven entre las vidrieras adornadas con calabazas caladas y los disfraces de Papá Noel que comienzan a anunciar la cercanía de la Navidad. Una soberbia metáfora de la realidad nacional.